LAS RUINAS DEL CAPITALISMO EN EEUU

Detroit: así se hundió el Titanic del capitalismo estadounidense

El ocaso de toda una gran ciudad en  pleno corazón del imperio estadounidense. Un antiguo símbolo de su  poderío industrial y del “sueño americano” donde hoy, sin embargo, se  venden viviendas por el precio simbólico de un dólar, ya que nadie  quiere habitar el inhóspito silencio de unos barrios abandonados que no  tienen electricidad, ni agua, ni policía, ni escuelas. Porciones enteras de la ciudad han muerto. Otras están agonizando. Otras sobreviven, pero lo hacen rodeadas de un creciente marasmo de solares vacíos y calles  abandonadas. Al igual que la calavera de Hamlet, el pulido  esqueleto de Detroit nos mira con la sonrisa sardónica de los muertos,  como queriendo decir “no os lo toméis a mal, amigos, ¡la economía de  mercado es así!”.

La prensa internacional lleva varios  años recreándose en el asombro por lo sucedido en la ciudad más grande  de Michigan y nosotros no podíamos ser menos, ya que el declive de  Detroit es un fenómeno fascinante. Trágico, sin duda, pero fascinante.  Primero por las imágenes que ha generado, especialmente en forma de “naturaleza muerta” arquitectónica. Han sido esas fotografías las que  han atraído las miradas del mundo hacia una ciudad que llevaba décadas  descomponiéndose en silencio.
Hace un tiempo causó cierto impacto un  reportaje de la revista Time en el que dos fotógrafos franceses —Yves Marchand y Romain Meffre, quienes además publicaron un libro llamado Ruins of Detroit— hacían un repaso a algunos rincones muy representativos de la  decadencia de la ciudad. Podíamos ver estaciones de tren, aulas,  consultorios de dentista, teatros, polígonos industriales, oficinas,  bibliotecas… todos ellos lugares que ahora están vacíos,  descascarillados por el tiempo y sumidos en un entrópico desorden. Un  fantasmagórico espectáculo de objetos cotidianos a los que ya nadie va a dar uso, de pequeños pedazos de civilización que se han perdido y que  nadie sabe cómo recuperar.
Son escenas que se repiten una y otra vez a  lo largo de una de las ciudades más grandes de los EE. UU. No estamos  hablando de recovecos ignorados por hallarse en las inconvenientes e  incómodas afueras, no, aunque a veces lo parezca porque aparecen  rodeados de la nada. Algunos de los casos más espectaculares de grandes  infraestructuras difuntas se encuentran en pleno centro de Detroit.  Escenarios que podrían pertenecer a una película de ciencia-ficción  apocalíptica, pero que son reales y yacen en plena espina dorsal de lo  que una vez fue una de las metrópolis más importantes del mundo, la  bandera de la infalible creación de riqueza del sistema. Ahora esa  bandera sigue agitándose al viento, pero más bien como un trapo  descuidado que se ha convertido en motivo de sonrojo para los profetas  del “nada puede fallar”. Personalmente, me llamó mucho la atención la  frase de un vecino de Detroit que recogía un artículo: “cuando nos  mudamos aquí hace diez años, le dije a mi mujer que iba a volver a  fumar. Todo era tan apocalíptico que sentí la necesidad de volver a los  viejos hábitos”. Así es como una ciudad puede morir.

Detroit bullendo de actividad en sus días de esplendor: una imagen extrañamente distante. (WunderPhotos)

Detroit bullendo de actividad en sus días de esplendor: una imagen que hoy resulta extrañamente distante. (WunderPhotos)
A mediados del siglo XX, la orgullosa  Detroit era la cuarta mayor ciudad de los Estados Unidos de América,  únicamente por detrás de los consabidos grandes colosos: New York, Los  Angeles y Chicago. Hoy ha caído al puesto número 18 de la lista, por  debajo de municipios de los que ustedes probablemente habrán escuchado  hablar bastante menos, caso de Columbus, Jacksonville, Charlotte o Fort  Worth. Y anda en camino de terminar cayendo incluso un puesto más, ya  que su población podría ser superada en poco tiempo por la ciudad tejana de El Paso. Detroit es, junto a la problemática Baltimore, la única  gran ciudad de los Estados Unidos que pierde población de manera  sostenida. Y la situación no tiene visos de cambiar a corto plazo, pese a los desmentidos a la desesperada del actual alcalde Dave Bing,  quien se empeña en que “los números deben de ser incorrectos”. Voluntariosa pero inútil autodefensa muy propia de un político que no  afronta la realidad de la sociedad que administra. Porque el censo  oficial muestra una aplastante tendencia histórica: en 1950, el  municipio contaba con 1 900 000 habitantes. Cuatro décadas más tarde, en 1990, había perdido casi la mitad y se había visto reducida a 1 000  000. Pero la cosa no se detuvo ahí; el éxodo se aceleró con el cambio de siglo y en los últimos censos oficiales se contabilizan unos 700.000  habitantes. Es decir: lo que antaño fue la cuarta pata de la gran mesa  estadounidense ha perdido más de un millón de habitantes en medio siglo. Peor aún: desde el año 2000 se han marchado más de 200 000 personas del casco urbano. Es decir, la ciudad ha perdido un sobrecogedor 25% de su  población… ¡en diez años! Se estima que quedan en Detroit unas 270 000  viviendas en pie, a repartir entre 160 000 familias. Y eso que muchas  han sido demolidas o han desaparecido pasto de las llamas.

Durante los años 20, la industria manufacturera convirtió Detroit en la ciudad más próspera de los EEUU. (Photographium)

Durante los años 20, la industria manufacturera convirtió Detroit en la ciudad  de mayor crecimiento en todo EEUU. (Photographium)
¿Qué ha sucedido? Porque en sus buenos  tiempos Detroit fue una Meca del empleo, uno de los lugares donde  resultaba más fácil establecerse. Lucía con orgullo el sobrenombre de “Motor City”: su inmensa industria del automóvil la había convertido en  una metrópolis populosa y floreciente, en la que había trabajo, dinero,  negocios, ganancias. Entre 1900 y 1930, la atracción que despertaba la  inagotable oferta de trabajo multiplicó la población de la ciudad por  seis. Llegaron cantidades ingentes de inmigrantes —blancos europeos y  negros del sur— buscando salir adelante en la fabricación de coches, con lo que Detroit se convirtió en la ciudad de más rápido crecimiento de  los EE. UU. General Motors, Ford y Crhysler constituyeron la santísima  trinidad de corporaciones que convirtieron Michigan en el máximo  propulsor de la industria manufacturera estadounidense.
Aquella prosperidad se transformó en  lujuria arquitectónica. Se construyó. Y se siguió construyendo. La  ciudad se vistió de lujo, con obras ambiciosas y un gusto adquirido por  refinamientos culturales de los que incluso su población obrera podía  sentirse orgullosa. Hacia 1950 se alcanzó el pico de población. Detroit  llegó a conseguir que su nombre resonase más allá de las fronteras  estadounidenses y no únicamente por ser la cuna y laboratorio del nativo más célebre de Michigan, Henry Ford, uno de los padres de la  industria moderna, si acaso no “el” padre. La ciudad consiguió proyectar al exterior una personalidad propia, una cultura distintiva. Por  ejemplo, durante los años 60 Detroit alcanzó celebridad universal  gracias a la discográfica Motown, que fue para Detroit lo que los Beatles fueron para Liverpool o lo que Nirvana fue para Seattle. Hitos de la cultura popular que ponían una ciudad industrial en el mapamundi.

El porcentaje de solares vacíos se ha disparado hasta límites verdaderamente surrealistas.

El porcentaje de solares desocupados del núcleo urbano se ha disparado hasta límites verdaderamente surrealistas.
Por entonces, sin embargo, la ciudad ya  había empezado a manifestar los síntomas de diversas enfermedades. En el barco de Detroit nunca se consiguió que todos remasen al unísono y la  ciudad fue uno de los principales ejemplos de un fenómeno inconveniente: la segregación racial espontánea. Los blancos vivían en sus barrios y  los negros en los suyos, generalmente en zonas más pobres. No se  mezclaban. Cuando un negro progresaba gracias a su trabajo o a su  talento y se mudaba a un barrio mejor, los blancos se sentían incómodos. Esto produjo un fenómeno que no fue exclusivo de Detroit, pero que sí  fue particularmente marcado allí: el white flight, la salida de  población blanca de clase media hacia los suburbios, más acomodados y  más acogedores. Los negros permanecían en el centro, en el municipio de  Detroit propiamente dicho, hasta que se convirtió en la ciudad con  mayoría de población negra más grande del país. Mientras los municipios  circundantes del área urbana estaban cada vez más poblados, la propia  Detroit comenzaba a contar su población a la baja. Otro efecto directo  del white flight fue la fuga de capitales: a medida que se  marchaba la población blanca —que casi invariablemente disponía de  mayores ingresos— la renta per capita en Detroit comenzaba a decaer.  Había que unir a todo esto el progresivo descenso en la actividad  industrial motivado por la incipiente deslocalización de las grandes  empresas, la cual produjo un aumento del desempleo que afectó  principalmente a la población negra del centro.

Woodward Avenue ofrece un espectáculo de vacío y desolación en pleno centro. (Daily Mail)

Woodward Avenue, ayer rebosante de vida, hoy un espectáculo de vacío y desolación en pleno centro de la ciudad. (Daily Mail)
Se produjo una fractura social no  solamente entre blancos y negros, sino incluso entre los propios  afroamericanos: mientras una parte pudo aspirar a convertirse en clase  media como en ningún otro lugar de los EE. UU. —con buenos trabajos,  viviendas agradables en barrios tranquilos y optimistas aspiraciones de  cara a futuro—, otros se veían presas del paro y la marginalidad. La  delincuencia empezó a incrementarse, principalmente como consecuencia de la implantación de redes de tráfico de drogas. Guerras callejeras entre mafias negras y blancas para controlar el narcotráfico provocaron un  incremento de la violencia. Detroit llegó a ser la capital nacional del  asesinato, además de aparecer frecuentemente en las noticias a causa de  disturbios diversos de carácter racial.

El viejo estadio de béisbol de los Tigers de Detroit, antes y ahora.

El viejo estadio de béisbol de los Tigers de Detroit, antes y ahora.
Durante los 70, pese a los crecientes  problemas, la ciudad continuaba construyendo grandes edificios e  infraestructuras. Puede que el declive social se fuese agravando, pero  no hay quien se fije menos en la auténtica realidad de los números que  aquellos que se pasan el día especulando con esos números (y la presente crisis nos ha dado buena muestra de ello). Detroit continuaba brillando de puertas afuera, así que había que seguir adelante con la función: se supone que la ambición siempre tiene premio y se erigieron hitos  arquitectónicos espectaculares como el Renaissance Center, hoy un  detalle característico del skyline de la ciudad. En el trasfondo, sin embargo, el desempleo, la pobreza y la violencia continuaban  agravándose. Las empresas seguían marchándose para obtener mayores  beneficios en lugares en los que hubiese mano de obra más barata y con  menos aspiraciones laborales. La concesión de licencias para nuevas  factorías estaba bajo mínimos. Incluso Motown, estandarte económico de  la ciudad junto a los tres grandes del automóvil, optó por mudarse a Los Angeles. El barco de Detroit seguía flotando a duras penas, pero  quienes habían visto agrandarse las vías de agua y tenían posibilidades  para marcharse —como las corporaciones— no lo dudaron un instante. En  general, casi todos los grandes núcleos industriales y manufactureros  del nordeste estadounidense empezaron a sufrir las consecuencias de la  deslocalización: es el hoy llamado “cinturón del óxido”, la antigua  constelación de centros productivos que se vieron repentinamente  condenados a la inactividad cuando las grandes empresas descubrieron que podían ganar más dinero en otros lugares. Pero en ninguna otra parte  tuvo este proceso consecuencias tan demoledoras como en Michigan, y muy  especialmente en Detroit.

La desolación del Michigan Theater, una tragedia shakesperiana en sí misma.

La decrepitud del Michigan Theater, una tragedia shakesperiana en sí misma.
Pese a todo, casi de manera paradójica,  el renombre internacional de lo que aquí llamaríamos “la marca Detroit” no decayó en los años 80. Aunque ya se estaban cerrando infraestructuras y la tasa de desempleo estaba oficialmente situada en un 12% —bastante  por encima de la media nacional—, la proyección mundial de la NBA le  confirió un último motivo de orgullo a la ciudad. Los Detroit Pistons,  gracias a una generación de jugadores conocida como los Bad Boys, se hicieron célebres justo en el momento en que el baloncesto  profesional estadounidense fue transformado en un producto de consumo  mundial, como McDonald’s o la Coca Cola. Los pistones —no podían  llamarse de otro modo jugando en representación de la capital mundial  del automóvil— eran rudos, sucios y desde luego carismáticos. Casi sin  pretenderlo reflejaron perfectamente la personalidad propia de la  ciudad: dureza callejera y eficacia industrial a partes iguales. Eran el Reverso Tenebroso del showtime hollywoodiense de los Lakers,  del cerebral esteticismo renacentista de las huestes de la europeizante y universitaria Boston, o de las hazañas atléticas de Chicago. Los  Pistons eran puro Detroit, unos forajidos de las canchas liderados por Isiah Thomas que le plantaban cara a base de chulería Michigander al sonriente prestidigitador “Magic” Johnson, a aquel severo compositor de sonatas para aro y orquesta llamado Larry Bird, o al superhéroe de dibujo animado que conocimos como Michael Jordan. Eran tiempos de gloria para la Motor City. Serían los últimos. Porque  el deporte muy a menudo engaña… para entonces la ciudad ya había entrado definitivamente en barrena. Que nos lo digan a nosotros, los españoles, flamantes campeones del mundo de fútbol. Sin trabajo, pero campeones.

Los colegios abandonados son la perfecta metáfora de una Detroit de negro futuro. (Marchand/Romain)

Los colegios abandonados son la perfecta metáfora del tenebroso futuro de Detroit. (Marchand/Meffre)
Los años 90 y el cambio de siglo  trajeron consigo el desmoronamiento total. Las últimas grandes fábricas  que aún quedaban también partieron en busca de empleados que trabajasen  lo mismo o más por mucho menos dinero y la industria de Detroit, ya  agonizante, firmó su certificado de defunción. Ya no solamente los  negros del centro de Detroit se veían castigados por el desempleo, sino  también los blancos del área metropolitana (caso de Flint, localidad  natal de Michael Moore, cuyo colapso económico ha sido  nutridamente documentado por el cineasta). La crisis mundial del 2008 ha terminado de acelerar la huida en masa de habitantes y la ciudad se ha  desangrado. Las consecuencias de la diáspora han sido tremebundas para  Detroit: a menudo han sido los más pobres quienes se han quedado, así  que la renta per capita se ha desplomado todavía más, y lógicamente la  capacidad recaudatoria del ayuntamiento se ha extinguido. La magnitud  del desastre no puede ser exagerada: el consistorio se ha encontrado con gravísimos problemas de falta de presupuesto y ha tomado medidas  extremas, llegando a retirar de barrios enteros el alumbrado eléctrico,  el suministro de aguas y la recogida de basuras, así como la cobertura  policial y de emergencias, todo porque sencillamente ya no hay dinero  para mantenerlas. El propio ayuntamiento animaba a los ciudadanos a  mudarse a aquellos barrios donde todavía se podían conservar los  servicios básicos —aunque depauperados— en lo que constituye un  alucinógeno ejemplo de ciudad del primer mundo que da por perdidos  varios de sus miembros y ha decidido amputarlos para que no se extienda  la gangrena. Regiones enteras de la metrópolis quedaron vacías. Las  propias autoridades han decidido demoler edificios que habían quedado  vacíos para no tener que hacerse cargo de su mantenimiento. Otros muchos han sido incendiados. Un vistazo a Google Earth resulta revelador: la  cantidad de solares vacíos en pleno centro de la ciudad puede dejar  boquiabierto a cualquiera.

A principios de los 90, el centro de Detroit ya mostraba un aspecto desolador. Hoy está todavía peor.

A principios de los 90, cuando fue tomada esta foto, el centro de Detroit ya mostraba un aspecto desolador. Hoy está todavía peor.
Desamparo social y catástrofe educativa  vinieron después, casi en forma de plaga bíblica. La actual crisis  financiera, que EE. UU. sobrelleva con su acostumbrado ímpetu de  siempre, no ha podido en cambio ser afrontada por Detroit. El desempleo  registrado gira en torno al 20%, algo totalmente inaudito en una gran  ciudad de la América moderna. Pero hablamos de la cifra oficial, porque  no son pocos quienes la elevan considerablemente y llegan a hablar de la mitad de la población en edad de trabajar. El porcentaje de familias  por debajo del umbral de la pobreza se calcula entre un 30-35%, de nuevo según cifras oficiales que podemos sospechar tiran por lo bajo.  Económicamente hablando, Detroit casi está dejando de ser América, al  menos tal y como los americanos quisieran entender su país.  Naturalmente, las historias humanas que hay detrás de todo este curso de degradación resultan incontables y a menudo terriblemente  desgarradoras. Como en toda crisis económica, fenómeno que los políticos y muchos medios de comunicación suelen limitarse a resumir alegremente  con un puñado de números, el sufrimiento humano se convierte en un  índice que no puede siquiera medirse, entre otras cosas porque la  mayoría de las veces queda oculto en el anonimato de las víctimas. Pero  ha surgido un reclamo inesperado: la arquitectura abandonada ejerce como portavoz silencioso de ese sufrimiento. Fotografías de colegios vacíos  que nos hablan de los niños que ya no tienen aula, de los padres que ya  no tienen trabajo, de los hoteles en donde ya nadie se hospeda porque en Detroit ya no hay negocio alguno que hacer y es un lugar de donde se  huye, no a donde se va. Fotógrafos profesionales y aficionados de  diversas partes del mundo comenzaron a acudir en busca de imágenes  chocantes que normalmente asociamos con el tercer mundo o con la súbita  caída de regímenes como el soviético. Grandes edificios dejados a su  suerte, testimonio mudo y descorazonadoramente monumental de la  ocasional futilidad de las grandes ambiciones colectivas cuando quienes  han generado esas ambiciones han decidido que ya no ganan lo suficiente  allí y se marchan para no volver.

La Michigan Central Station, un monumento a los daños colaterales del capitalismo.

La Michigan Central Station, un asombroso monumento a los daños colaterales del capitalismo.
Una de las presas más codiciadas por los cazadores de bodegones apocalípticos es la Michigan Central Station,  que en su día fue uno de los varios motivos de orgullo para una ciudad  que podía presumir de contar con la construcción ferroviaria más alta  del mundo. Hoy, sin embargo, parece el decorado de una pesadilla  distópica. Pocos lugares abandonados hay en el corazón de occidente con  semejante atractivo simbólico para el objetivo de una cámara: su solemne y grandilocuente fachada fue concebida en pleno arrebato monumentalista del auge industrial. La estación se alza en solitario frente al Parque  Roosevelt, sin otros edificios circundantes: una ubicación insular que  durante su periodo de actividad se antojaba casi paradisíaca… qué mejor  bienvenida al forastero que una estación rodeada de parques y grandes  explanadas de verde césped. Hoy, sin embargo, ese mismo aislamiento la  hace parecer un tétrico monolito legado por alguna civilización  alienígena, abandonado allí para asombro de los humanos. El estado de  abandono de su exterior produce el efecto óptico de hallarnos ante el  vestigio de una era remota: vías reconquistadas por la mala hierba,  pavimentos agrietados y arbustos que se empeñan en crecer incluso sobre  el terrado del edificio del vestíbulo. Todavía más impresionante resulta el interior, aunque desgraciadamente no lo han sabido respetar los  compulsivos estampadores de graffitis, incapaces —en sus cortas miras— de reconocer y admirar la grave y majestuosa decadencia catedralicia que los rodea. Todo un templo consagrado al olvido en el que las pueriles  pintadas todavía parecen irrespetuosas y fuera de lugar, como si alguien vaciase su spray sobre un féretro sin pensar en la dignidad del  difunto.

Un asilo abandonado mostrando una pintada que dice "Dios se ha ido de Detroit"

Un asilo abandonado en cuyas paredes una pintada dice “Dios ha abandonado Detroit”
No menos espectacular ha sido la estéril agonía del antaño esplendoroso United Artists Theater, situado también  en pleno centro de Detroit, cuyo tablado ahora desahuciado es uno de los lugares más asombrosos de la ciudad, ya que parece el aterrador  decorado de alguna secuencia de Alien, el octavo pasajero. En la  ornamentación interior de la sala se distinguen todavía los recargados  grutescos —inspirados en la arquitectura de España, por cierto— que un  día simbolizaron el afán de los nuevos ricos michiganders por  imitar los suntuarios libertinajes del barroco europeo. Ahora, sin  embargo, esas formas aparecen desnudas y blanqueadas, como si fuesen el  esqueleto de algún inmenso monstruo deforme o los restos inertes de un  arrecife de coral. Viéndolo en su actual estado cuesta imaginar su  pasado esplendor: el United Artists Theater fue una de las ambiciosas  salas de proyección construidas por la compañía cinematográfica que Charles Chaplin, Mary Pickford y Douglas Fairbanks fundaron como respuesta a la dictadura de los estudios tradicionales.  Inaugurado en 1928, podía dar cabida a más de 2000 espectadores, pero  además de ser un lujosísimo cine de babilónicas hechuras, el Theater  sostuvo sobre su techo un edificio de 18 plantas repletas de opulentas  oficinas para alquilar. Allí se siguieron proyectando películas de gran  formato hasta los años 70, cuando el declive comercial de la  cinematografía provocó que la sala fuese adoptada por la Orquesta  Sinfónica de Michigan. Pero pasaron los años e incluso la orquesta se  terminó marchando, hasta que ya solo quedaba en la planta baja del  edificio un club nocturno, The Vault, que ocupaba el antiguo  local de un banco y que había transformando las antiguas cámaras  subterráneas en espacios nocturnos para el divertimento de las gentes cool del downtown. Aquel club fue el último espacio en resistir al abandono en un edificio donde la antigua sala de cine se dedicaba a criar polvo y donde ya  nadie alquilaba ninguna de las oficinas. Cuando también The Vault cerró, el imponente United Artists Theater quedó completamente vacío.  Todo el metal útil de cada una de las plantas fue retirado. Ahora, sin  uso, el edificio espera una posible demolición.

El apocalíptico interior delantaño lujoso United Artists Theater.

Impresionante espectáculo: el apocalíptico interior del otrora lujoso United Artists Theater.
Por cierto, The Vault no ha sido  el único negocio en aprovechar las extintas oficinas bancarias para  nuevos usos. Tras la emigración en tropel de las instituciones  financieras, sus antiguos locales han sido ocupados por todo tipo de  inquilinos oportunistas que, de hecho, cubren todo el espectro de  propósitos de servicio social: desde congregaciones baptistas a clubes  de striptease. En otros casos, ni siquiera eso. Por ejemplo, la vida del National Bank no gozó de la prórroga del reciclaje y ahora el  robusto portón de su cámara acorazada aparece tiñoso de óxido, mientras  que los pequeños cajones de seguridad, ya vacíos, simbolizan  lacónicamente toda la riqueza perdida de la ciudad del motor. Además de  los bancos, la ciudad que reinó en el imperio del automóvil está ahora  plagada de gasolineras abandonadas, con sus fachadas aún reclamando la  atención a base de colorido maquillaje, como mujeres de la noche  incapaces de hacer frente con dignidad a su inevitable decrepitud. Lo  mismo puede decirse de los restaurantes y locales de comida rápida que  lucen todavía lozanos en sus fachadas, aunque el interior aparece oscuro porque tras sus cristales ya no se sirven hamburguesas ni café: son  negocios que a menudo han muerto en plena juventud.

El salón de baile del Hotel Plaza, retrato de la vanidad perdida de la antaño rica Detroit.

El salón de baile del Hotel Plaza, crudo retrato de la vanidad perdida de Detroit.
No han tenido mucha más suerte los  hoteles. Por ejemplo, el harinoso salón de baile del hotel Lee Plaza fue una de las estrellas en el famoso álbum funerario de la revista Time. Su rigor mortis fue descarnadamente inmortalizado por las cámaras, que captaron la  estancia bien bañada por la luz diurna como para mostrar con cruel  fidelidad hasta el último desconchón de las paredes. La foto era  impactante, presidida como estaba por un piano varado sobre su costado  como si fuese un buque después de un naufragio o una ballena agonizando  en la playa, en mitad de un decrépito desorden que ni siquiera ofrece el consuelo de resultar solemne. En otro tiempo ese mismo lugar fue patio  de recreo donde tenían lugar sofisticados juegos de sociedad; hoy es una tumba de marfil en la que no hay más cadáveres que unas cuantas sillas  rotas y un piano desvencijado. No demasiado lejos se levantan dos  hoteles de 13 plantas cada uno: el Eddystone y el Park Avenue.  Construidos según los patrones de solidez racionalista de los años 20 y  otrora repletos de huéspedes que visitaban la ciudad por negocios, son  ahora dos mausoleos de mal aspecto, inútilmente erguidos sobre lo que  quiso ser un parque y ahora se ha convertido en uno de tantos  descampados mortecinos.

fascinante instántanea del laboratorio abandonado del Cass Technical High School.

Fascinante instantánea del laboratorio abandonado del Cass Technical High School. (Andrew Moore)
Tampoco se ha librado del naufragio,  como ya comentábamos, el sistema educativo. El Cass Technical High  School, por ejemplo, es ahora una especie de museo dedicado a lo que  pudo haber sido y no fue. Algunas de sus dependencias, como los  laboratorios, sufren un abandono tan pasmosamente estético que bien  podría haber sido diseñado por un artista conceptual: cajones y  portezuelas de madera abiertas en serie, quizá por buscadores de  sustancias de dudoso uso, y encimeras devoradas por el fárrago de mil  pequeños utensilios y fragmentos de objetos indefinidos, presidido todo  por estanterías prácticamente intactas, repletas de probetas, tubos de  ensayo y mecheros Bunsen que nadie se ha molestado en robar.
Algo similar sucede en la Jane Cooper Elementary School, donde un día se ayudaba a los pequeños michiganders a aprender a leer, escribir, sumar… a crecer en definitiva. Hoy es una  descorazonadora parábola visual del futuro truncado de Detroit.  Empezando por su antiguo auditorio, un teatrito donde los pequeños  cantaban y actuaban para regocijo de sus padres. Las cortinas del telón  están aún en su sitio, pero mientras que el auditorio abandonado  aparecía prácticamente intacto en el reportaje de Time,  constituyendo una visión tan hermosa como triste, al año siguiente ya  había sido destrozado y pintarrajeado por los vándalos de turno… significativo el modo en que quienes deberían sentirse víctimas del  declive de la escuela, quienes deberían querer conservar aquellos  lugares intactos como monumento a su herido orgullo ciudadano, son  precisamente quienes le han puesto la puntilla rompiéndolo todo y  llenándolo de graffitis. Con todo, en algunas aulas las pizarra  continúan colgadas. Curiosamente, o no tan curiosamente, nadie se ha  llevado los libros, que bien se amontonan en cajas o se desparraman por  los suelos de la biblioteca. Además de las escuelas, otros servicios  públicos abandonados por las autoridades han producido imágenes  igualmente impactantes, como la comisaría de policía de Highland Park,  donde junto a ficheros y escritorios abandonados se desperdigaban  decenas de fotografías de sospechosos, fichas con huellas dactilares e  informes que ya no servirán de nada.

Escuela elemental Jane Cooper, abandonada pero intacta.

Un año después, la escuela elemental Jane Cooper, tras el paso de algunos vándalos.

Un año después de la imagen anterior, la escuela ya había pagado el precio al ser arrasada por unos vándalos.
Aunque, si hablamos de tamaño, los más  grandes pecios del naufragio de Detroit proceden, cómo no, de su  industria. Grandiosa, ciclópea, faraónica… todos los adjetivos se quedan cortos para describir la ruina durmiente de la Packard Plant, quizá una de las fábricas abandonadas más fabulosas del mundo. Bautizada  inicialmente como Motor City Industrial Park, este complejo de  producción de automóviles es otro El Dorado para cualquier fotógrafo  ávido de sensaciones postarquitectónicas fuertes, cuya inmensa  desolación bien puede rivalizar con los ceremoniosos despojos  industriales y militares de la extinta URSS. Lo que allí se encuentra el fotógrafo no desmerece de la escenografía de películas o videojuegos:  un laberinto de edificios rectangulares, callejones, túneles y  explanadas alfombradas por escombros, árboles secos y arbustos sin vida. Todo metal y vidrio ha sido retirado para el reciclaje; edificios  enteros se han visto reducidos a los meros huesos. Cuesta creer que hubo un día en que aquello bullía de actividad, en que allí se gestaba la  prosperidad o al menos la existencia medianamente cómoda de tanta gente. El inmenso cascarón vacío del complejo se erige ahora como una broma de mal gusto; tan grande, que su abandono resulta insultante. Como  curiosidad, la inmensa planta no está completamente vacía, sino que  tiene un inquilino fijo: Allan Hill, antiguo homeless,  desheredado del sistema que convirtió una de las naves del lugar en un  espacio habitable. El viejo y solitario Hill ya no posee todos sus  dientes pero se las ha arreglado para disponer de electricidad, agua e  incluso Internet. Un ejemplo de supervivencia y dignidad por parte de un hombre rechazado por el sistema, que ahora habla de ese mismo sistema  con calmo escepticismo.

La fábrica Packard, una de las más tremebundas ruinas industriales del planeta. (Daily Mail)

La fábrica Packard, hoy una de las más tremebundas ruinas industriales del planeta. (Daily Mail)
Igualmente imponentes son los restos  mortales del complejo River Rouge de la Ford: el interior de sus plantas de producción se antoja hoy un túnel que lleva a ninguna parte, un  armazón de metal y cemento expuesto a la herrumbre, como si la torre  Eiffel hubiese muerto de vieja, hubiese caído sobre su costado y  descansara ahora en horizontal completamente desprovista de su antiguo  señorío. Pero no solamente servicios, comercios e industrias han  fenecido en Detroit. También barrios residenciales enteros han sucumbido como en una epidemia. Una ingente cantidad de viviendas han sido  demolidas, otras incendiadas y otras muchas yacen en silencio,  desbaratadas por el tiempo, que lo desmorona todo con una rapidez  inesperada. En ciertas localizaciones, la retirada de todos los  servicios municipales básicos ha agravado la diáspora y ha producido  fenómenos chocantes como el de las viviendas en relativo buen estado que se venden por un dólar, para el que quiera establecerse en mitad de la  zona cero… aunque por descontado nadie quiere habitar donde no hay ni  luz, ni agua, ni seguridad, ni comercios donde adquirir productos  básicos de consumo. En otros barrios con mejor suerte, las casas aún  habitadas conviven con los solares vacíos, a los que a veces se les  encuentra un uso peculiar: la ciudad puede presumir de contar con  auténticos campos de maíz en algunas calles del centro, donde los  vecinos han decidido emplear la tierra vacía como huerto particular.

El pizpireto barrio burgués de Brush Park es hoy un tributo al fracaso de toda una ciudad.

El pizpireto barrio burgués de Brush Park es hoy un tributo al fracaso de toda una ciudad.

Mansiones abandonadas en Brush Park.
Particularmente pintoresco es lo sucedido en el barrio de Brush Park. En tiempos mejores, orgullosos michiganders de clase media-alta edificaron viviendas elegantes y mansiones siguiendo  las más vistosas tendencias constructoras de la burguesía del viejo  continente: arquitectura renacentista francesa, italianizante,  victoriana, Beaux Arts, Art Decó, Segundo Imperio, Tudor, gótico  veneciano, románico richardsoniano… todo en un mismo barrio, como en una gran caja de bombones. Pero de las 300 mansiones originales de Brush  Park únicamente quedan unas 70 en pie; no pocas de ellas parecen ahora  salidas de la película Psicosis: ventanas que nos contemplan con  mirada hueca o veladas por una ceguera de contrachapado, fachadas a  medio caer que se van derritiendo por la flacidez del abandono, desvanes abiertos a la intemperie, jardines secos o en el mejor de los casos  rebosantes de enredaderas que devoran con avariciosa lujuria los  edificios (como una casa de Walden Street cuya fachada está  completamente cubierta por las hojas, creando un singular espectáculo en mitad de la urbe). De las mansiones que todavía quedan, muchas están en mal estado, pero varias se encuentran en proceso de intento de rescate, porque ese barrio es uno de los principales patrimonios artísticos y  arquitectónicos de la ciudad, uno de los barrios en los que merece la  pena invertir un esfuerzo.

Piscina pública en Brush Park. Profundidad: "8 feet"

Piscina pública en Brush Park. Profundidad: “8 feet”
También en Brush Park hallamos otras  metáforas de ladrillo que nos hablan de un pasado mejor, como la antigua piscina pública, hoy un mero cajón de cemento sin agua que lo llene,  todavía dividido en “calles” como la pista de aterrizaje donde se  estrellaron los sueños de prosperidad de la ciudad. Es una cripta  rectangular erigida con bloques de un anodino gris, su techo oxidado  aparece encrespado de cables y focos que cuelgan: todo metal  aprovechable e incluso las propias lámparas han sido retiradas. Como en  una broma macabra, el mosaico del borde de la piscina todavía indica su  profundidad: “8 feet”, aunque ahora ya no hay agua que impida comprobar  de un vistazo la distancia al fondo.

Biblioteca pública abandonada. Al parecer, a nadie le interesa llevarse los libros.

Biblioteca pública abandonada. Al parecer, a nadie le interesa llevarse los libros.
Son algunos ejemplos, pero se podrían  citar muchos más. Se estima que aproximadamente un tercio del territorio de la ciudad se encuentra en estado de ruina o abandono. Las grandes  empresas se han ido y la locomotora de la industria norteamericana se ha quedado detenida en la vía, mientras los arbustos crecen y los más  espabilados desclavan las vigas para venderlas al peso. ¿Hay esperanza  para Detroit? Hoy, las cifras oficiales hablan de un ligero repunte del  trabajo disponible, y los más optimistas cifran el paro en un 18-20%.  Pero no pocas voces hablan de un 40% o incluso un 50% de desempleo real, en mitad de un país que actualmente tiene un 8% de media, lo cual —en  aquella nación y bajo sus condiciones de vida— ya es considerado  demasiado alto. Instituciones como el Family Independence Program, un  programa de asistencia social para familias de bajos recursos con niños a su cargo (ofrece unos 500 dólares mensuales a parejas sin ingresos con  un hijo único y algo menos de 1000 dólares a familias numerosas con  siete u ocho hijos) sitúa a un 34% de la población bajo el umbral de  pobreza, pero nuevamente se barajan cifras alternativas que llegan al  60%.

Las pintadas reivinidicando la dignidad de la ciudad se multiplican.

Las pintadas reivinidicando la dignidad de la ciudad se multiplican: “Detroit no es un cadáver, Detroit vivirá”.
Las discusiones políticas en torno al  hundimiento del buque insignia de la industria manufacturera  estadounidense podrían alargarse hasta el infinito. Algunos hablarían  del derecho de las grandes empresas a buscar más beneficios en otras  localizaciones, otros harían alusión a la responsabilidad social de  dichas empresas y de las autoridades que les permiten alzar el vuelo sin consecuencias. Probablemente no exista una respuesta simple que  satisfaga a todas las opiniones, pero la realidad de la situación, eso  sí, es incontestable. Detroit se ha venido abajo. La “gran D” se ha  transformado en una ciudad del tercer mundo inmersa en la nación que se  precia de liderar el primero. Incluso el propio gobierno de Michigan,  con sede en Lansing, le ha dado la espalda a la mayor población del  estado, a la que se contempla con disgusto y reluctancia. Detroit es un  agujero presupuestario y las instituciones municipales están sumidas en  una lucha por mantenerse en funcionamiento, mientras el gobierno estatal soñaría con ceder de buena gana la ciudad a otro estado o incluso a  Canadá.

La pobreza y la proliferación de solares vacíos han generado el curioso fenómeno de la agricultura urbana.

La pobreza y la proliferación de solares vacíos han generado el curioso fenómeno de la agricultura urbana.
La gente de Detroit, como suele suceder, ha respondido al cataclismo de las formas más dispares imaginables.  Algunos han optado por la delincuencia o el vandalismo. Los hay también  que vagan por las calles en busca de despojos, en muchos casos rendidos  ante la desesperanza. Otros optan por apelar a la dignidad ciudadana,  por ejemplo creando programas espontáneos de “granjas urbanas” para  autoabastecerse de alimentos frescos cultivados en los muchos solares  vacíos que hay entre unos edificios y otros. Los hay que han llegado  hasta el punto de inspirarse en formas de supervivencia local concebidas en el tercer mundo, como un sistema de reciclaje de aguas con el que  los vecinos de pequeñas zonas mantienen el valioso fluido circulando a  despecho de las fallas institucionales. Mientras tanto, los mapaches y  otros animales salvajes han empezado a merodear de nuevo por la ciudad  del automóvil, que no los veía en sus calles desde tiempos inmemoriales.
El barco se ha hundido. Esto debería  producir una profunda reflexión. Fue la cuarta mayor ciudad de los  Estados Unidos y, si sucedió allí, podría suceder en cualquier parte.  Porque lo que la caída de Detroit ha demostrado es que una ciudad no es  el conjunto sus edificios, ni de sus infraestructuras, ni de sus  instituciones. Una ciudad es su gente. Si la gente se marcha, la ciudad  muere. Y la gente se marcha cuando no tiene trabajo. ¿Inevitable? Quién  sabe. ¿Triste? Desde luego. El Titanic se hunde, queda para la opinión de cada cual ponerle nombre al iceberg.

HILL from thismustbetheplace on Vimeo.

 

INFORMA:http://www.elshowdetruman.tk/

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Una respuesta a LAS RUINAS DEL CAPITALISMO EN EEUU

  1. alcatraz dijo:

    impresionante documento

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